lunes, marzo 29, 2010

Tiempo perdido

Es lo más inerte el ánimo dispersado en nimiedades. La conciencia mutilada; ausencias idénticas en jamais vu sin efervescencia, tan impávido como la primera vez que desaparecieron de su vista las luces en serendipia. Cuán escuálidos parecen los miembros dispersados sobre el diván. La silla del terapeuta no está ocupada, como otras veces en las que la crisis cambiaba contrastantemente los pasos. Hoy es más difícil estar atento a las perversiones comunes entre tanto ruido de fondo; el abrupto es inquietante, con toda su escala de grises, con aquellos sinsabores que congelan el sudor en los poros, lamiendo la áspera piel, rasgando las fibromialgias de la nuca. La sensación fría es la de estar frente al paredón, justo como la desolación del espíritu: una frase antes de escuchar el último disparo y sin poder decirla a nadie. Con eco de disturbio, las voces acallan el ruido y percibe sin saberse cierto, vivo o con esperanza, sin recubrirme del llanto de los niños que desaparecen al ocaso de los días de otoño. Así, implícito en sí, disolviendo la reminiscencia de sentirse humano, es que piensa entonces que su vida ha perdido sentido y, aún con el grillete de la nostalgia, atrae a él las imágenes más extrañas e inesperadas: las de su infancia perdida entre los días en los que debía aprender lo correcto, lo que debía ser.

Sentado, bajo el árbol que repasa su cuerpo con su sombra. Taciturno y viejo. Insultantemente devastado y con el sosiego de los años. Aún piensa en nimiedades. Aún cree que su vida es demasiado lejana para siquiera poder evitar demeritarla. Sabe que la confortable sombra de ese árbol será el perfecto partíbulo, y el tiempo su verdugo.

jueves, marzo 25, 2010

Eme (última parte)

Detrás de la ventana observaba silencioso, con auténtico sigilo de felino; contemplaba con tanta incertidumbre las gotas de sangre en el piso que dibujaban pedazos del cielo nocturno, dispuestas todas en la geometría de la mente de quien las creía vivas. La presencia de dos velas consumidas casi por la mitad animaba la suave penumbra del sitio, los candeleros de latón fijados en la pared servían de sostén de luz y objeto de oropel. El ojo cautivo detrás del cristal no recorría la habitación; encontraba tal fascinación por el suelo manchada carmesí que su mirada se desbordaba penetrando aquella habitación de lado a lado. El frío se entrecruzaba por el filo de la pared deteniendo el tiempo por instantes, muchos de los que no quería que regresaran. El viento golpeaba violentamente el cristal de la ventana que por instantes parecía ceder al punto de quiebre, pero esto no lograba transmutar su trance, o al menos voltear a ver alrededor. La carencia de luz lo llevó al umbral de la inconsciencia. Sus manos moradas por el frío podrían congelar el corazón más cálido. Adentro, el movimiento no existía; aquella mujer había desaparecido por segunda ocasión esa noche. En las paredes del lugar había bosquejos de dibujos, acuarelas mal logradas y algunos oleos macabros, todos impregnados de la fémina etérea. Sus manos, su cuerpo, su espalda y sus muslos. Su cabello escurrido y sus pies calavéricos. Todo parecía tan real y obsesivo. Todo sabía a ella y olía a ella. Toda ella era el templo de aquel lugar y aquel lugar era su santuario. Fue inútil encontrar su rostro o saber sus ojos vivos. En ningún lienzo o papel se mostraba esa parte oscura de su cuerpo. Más aun después de examinar el lugar minuciosamente no logró encontrar el rastro perdido de su cara. La impaciencia colmó su voluntad y dispuso entrar al lugar prometido.

La saciedad del almuerzo causó estragos en ella. Después de levantarse de la mesa se dirigió directamente a aquel sillón rojo que había conseguido en una venta en donde la gente se deshace de todo lo que estorba. Su sueño se tornó profundo, tanto que no notó en qué momento se quedó dormida. “Eme” la observaba en silencio; no quería perturbar  mínimamente su sueño. En su mano sostenía un vaso de vidrio con vino tinto y sorbía lentamente en porciones pequeñas. Era la escena poco común. La contemplación se volvía actividad única, la expresión más pura, el momento de sublimación. “Eme” creyó escuchar la voz de ella; encontró vacilación y respuesta en el diálogo mudo. Escuchó también las ironías de su ácida crítica y se desprendió de sí. Discutió hasta el cansancio con ella al escuchar el reto. La burla resonó en los oídos hasta convertirse en el ruido absoluto. Ella simplemente decía “No te atreves”, una y otra vez, mientras reía sarcásticamente mostrando sus afilados incisivos. “Eme” no soportaba la situación, se sentía injustamente apabullado y desafiado. Los segundos que marcaba el reloj de pared resonaban hirientemente en su cabeza, queriendo destrozarla con cada tic-tac.

La puerta estaba cerrada. Pensó entonces en desistir al encontrar obstáculo. Bajó la mirada como signo de derrota y observó un brillo plateado en el piso. Era una llave, quizá la llave de aquella puerta. Se encogió de piernas y tomó del piso su acceso a la incertidumbre. Insertó la llave en la cerradura y la giró despacio para evitar generar ruido alguno. La puerta cedió y casi sin darse cuenta estaba con un pie adentro. Entonces respiró ese olor que le recorría todo su ser. Aquel cuerpo flaco y lánguido con piel pálida, con el pelo blanquizco que denotaba la edad, con sus rasgos de expresión en la cara, aquellos que llama arrugas. Con aquel sabor amargo en la boca y la frustración a cuestas. Su mente imaginó el rostro de ella. Definió minuciosamente cada característica de su piel joven, de su inocencia contenida, del reflejo de sus ojos; y comprendió a la perfección que siempre había pertenecido ahí, que nunca debió salir de ese lugar. Observó entonces con mayor detenimiento el lugar. Encontró familiar el entorno y reconoció una parte de este en cada trazo colgante en la pared. Incluso se supo entero y completo. Despidió el aliento en forma de suspiro tan reconfortante como pocas veces había sentido.

La vela se consumía lentamente. Intentaba reconstruir los hechos, y de paso interpretar su sueño vespertino. Mientras dormía profundamente en el sillón rojo, su mente dibujó tantas formas que no podía explicarse; era como si transmutara en cualquier cosa y se transportara a cada lugar en el que hubiera estado o querido estar. Le inmutaba ser un ave en un instante y un reptil en el siguiente. Podía estar en la oscuridad de la profundidad del océano, o en la avidez lumínica de una estrella. Era un sueño distante y trascendental, aquellos que marcan de por vida y que difícilmente se repiten. Fue por momento aire, fue fuego y agua y ceniza expulsada de un volcán. Fue polvo de cometa y tierra erosionada. Sin embargo, jamás pudo ser ella. Quiso ser “eme”, pero su sueño se perturbó por un estruendo.

En el cuarto un caballete encontraba el lugar perfecto, orientado al paso de la luz natural y definiendo el lugar de la musa. Detrás de una cortina se alcanzaba a ver una cama pequeña con ropa sucia encima. El espacio parecía más amplio desde esa perspectiva, y la forma en que enmarcaba el sitio en que ella existía era su propia antología. Él titubeó un poco antes de seguir explorando. Quizá ella estaba escondida vigilando cualquiera de sus movimientos, o tal vez ni siquiera se había percatado de su presencia. Observó una pequeña puerta al final del cuarto que dedujo sería la de un baño. Se acercó despacio, con paso precavido y colocó su mano derecha sobre el picaporte de la puerta de madera.

Cuando despertó su corazón quería salirse de su pecho. Su indescifrable sueño le adormeció también la conciencia. No reaccionó de inmediato y por un momento pensó que el estruendo fue parte del delirio de su descanso. La repentina exaltación se hizo mayor cuando vio a “eme” en el suelo, con la vieja silla de madera a un lado y un hilito de sangre escurriéndole por la boca. Se  incorporó de un salto y de inmediato se apresuró a intentar auxiliarlo. Le preguntó sin obtener respuesta que sucedía; le gritó con desesperación e intentó que reaccionara moviendo su cuerpo violentamente. Buscó sin  éxito algún signo vital; el pulso y la respiración no eran las de un ser vivo. Su piel se tornó pálida y fría. Sus manos se sentían rígidas y sus ojos mostraban las pupilas dilatadas, perdidas en el ápice de la esquina del cuarto. En su intento porque “eme” reaccionara, golpeó la pata de la mesa con su pierna, provocando que cayera un frasco con veneno para ratas, el mismo que había llevado ella dos días antes; en esos días un nido de roedores bajo los lavaderos de la azotea había plagado todo el edificio. Entendió entonces que “eme” quiso comprobar sus teorías sobre la muerte, y encontró la perfecta dosis entre el vino tinto y el veneno. Ella no desistió en el intento porque “eme” reflejara en sus ojos su imagen. Como pudo arrastró el cuerpo inerte después de limpiar la sangre que salía de su boca. Lo llevó hasta el baño, hacia la regadera, y abrió la llave del agua fría esperando alguna reacción. Ni un espasmo, nada en ese cuerpo mostraba vida. Los quince minutos bajo el chorro de agua corroboraron lo inevitable. “Eme” estaba muerto. No salió lágrima alguna. Con paciencia salió del baño y del cuarto, y caminó sonámbula sin rumbo, como queriendo entender por qué “eme” decidió dejarla.

Él giró despacio el picaporte y abrió lentamente la puerta. Encontró sentada en el tapete del piso del baño a la dueña del rostro que describió perfectamente instantes antes en su mente. Ella volteó con mirada desconcertante y triste, y observó con incertidumbre pero confiada a aquel individuo que profanaba el sepulcro. Él observó indefinidamente su rostro, la mirada penetrante que atravesaba su cuerpo, los labios fulminantes finamente delineados, filosos como puñales, que podrían vencer cualquier voluntad. Ella contemplaba quieta, desmenuzaba la mente de él. Distribuía en el espacio su ternura contenida. Dibujaba formas luminiscentes en la oscuridad. Estiró su brazo dirigiéndolo a él, invitando a la duplicación de sensaciones, las que ella sentía. Su mano fría, toscamente huesuda, se esbozaba perfectamente contra la luz de cera. Sus ojos perdidos entre la sombra y el ser, desentrañaban la imagen desperdigada dentro del baño. Esa imagen familiar y que conscientemente jamás había visto. La mano de él se acercó lentamente desdibujando el bosquejo estático en la mente de ella. Su miedo lo rodeó, con la intempestiva intimidación de no saber quién era en ese momento y en ese lugar, o siquiera sospechar quién extendía la mano o por que lo hacía, y por qué él acercaba su mano. Las yemas se encontraron, los tactos coincidieron, las miradas perdidas y encimadas una de la otra, procurando penetrar. Solo el silencio habló, dejando atrás las historias de sus vidas pasadas, erradicadas en el instante de la sensación de la piel ajena. Las manos fueron otras a la voluntad del resto del cuerpo; encontraron espacio y camino en el otro individuo, encontraron consuelo en la otra piel, y apenas inocuas con la recatez. Los ojos clavados en la mente del otro y la conciencia consumida por el fuego de la vela. La tela quedaba en penuria poco a poco en proporción con la desnudez del alma. Los labios encontraron su diligencia, recorrieron meticulosamente los poros mutuos compartidos; la intención innata del deseo por comprensión, por la comprensión entre los cuerpos.

Él, sin conciencia ya, escudriñaba en la espalda de ella. Aún no recordaba en qué lugar la había visto, ni tenía intención de recordarlo en ese momento. Sus manos y su boca eran seres independientes que exploraban los espacios de aquella mujer. Su mano entonces le pareció ajena; era como si fuera de alguien más, y alguien más delimitara las fronteras de la piel. Era aquella mano que hacía mucho que no había estrechado, la que pidió años atrás ayuda cuando el resto del cuerpo del niño flaco e inconsolable perdía a su madre. La mano que difuminaba y delineaba, que transformaba y creaba, la que desentrañaba con manía cualquier cosa que entraba por sus ojos y encontraba en papel su forma gráfica. Era la mano que dibujaba, y que no fue objeto de atracción para él, la misma que consideraba servía para apaciguar un bonito pasatiempo. La mano, aquella mano que regaló en su cumpleaños número treinta y siete un dibujo con esa misma espalda de mujer entrañable, meses antes que la mano y el resto del cuerpo partieran de casa. Era la mano de Macario, su único hijo, que se asomaba detrás de la cortina del baño sin rastros de vida.

Septiembre de 2006

martes, marzo 23, 2010

Eme (tercera parte)

Ella había caminado varios minutos hasta llegar a esa calle estrecha donde el cuarto de azotea era lo más interesante. Al menos a ella le parecía eso. Las paredes de piedra natural desgastada por los años y las inclemencias del tiempo eran la característica de las construcciones del rumbo. Era un barrio viejo donde las historias de la gente que vivía ahí eran muy impalpables. Las personas por lo general, cambiaban constantemente de residencia. “Eme” tenía cuatro años viviendo ahí; sin embargo, nunca había cruzado palabra más que con el casero. Sus vecinos eran poco más que antisociales, e igual que la mayoría de las personas, lo veían extraño. Ella tampoco se relacionaba mucho con la gente, y los vecinos de “eme” no eran la excepción. Nunca le preocupó lo más mínimo la falta de interacción. Siempre decía que en dos meses huirían de ahí y no tenía mucho caso hablar con sombras. Sabía de memoria el camino a la azotea que lo podía recorrer hasta con los ojos cerrados. Abría la puerta de la calle, de la cual no funcionaba la chapa, subía las escaleras dispuestas del lado derecho hasta el cuarto piso y finalmente la escalera de caracol que llevaba a la azotea. Esa noche tuvo poca delicadeza con la puerta metálica que daba a la calle; un sonido estruendoso contra el marco de la puerta fue contrastado con el constante silencio. El ruido la sacó de su hipnosis y corrió escapando de todo lo que no conocía. Entró presurosa con exaltación al cuarto y directo al baño.

Había caminado unos cuantos metros de regreso a su departamento intentando orientarse un poco, pues aún no sabía exactamente dónde estaba. Traía la mirada clavada al piso y el ánimo apagado después de la persecución sin éxito, cuando el sonido de una puerta metálica violentamente cerrada proveniente de la calle a la vuelta de la esquina lo distrajo. Por un segundo titubeó, pero acudió de inmediato a identificar el origen del estruendoso sonido. No tardó mucho en observar la puerta que aún se movía por la fuerza con que fue cerrada. Miró con detenimiento el lugar. Un foco roto en la cornisa de la puerta remataba el umbral de ese viejo edificio. La puerta de metal se movía lentamente y presentaba ya mucho desgaste; la pintura negra que le cubría fue insuficiente para protegerla. En algunos lados tenía óxido, golpes en la lámina, y orificios por doquier. Adentro, la penumbra reinaba. Era difícil ver en ese ambiente, así que entró con tanto cuidado como le fue posible. Guió sus pasos apoyando su mano en la pared y casi grita cuando tropezó con el primer escalón. Subió las escaleras cuidadosamente, prestando atención a cualquier sonido proveniente de los departamentos. El silencio fue sepulcral y la oscuridad absoluta. La falta de luz artificial provocaba que las personas durmieran temprano. Llegó hasta el final de la escalera sin escuchar sonido alguno y pensó por un instante que estaba en el lugar equivocado. Un haz de luz de luna en el piso colándose por algún lado le hizo pensar en alguna abertura. Buscó con la mirada y encontró la rendija de la puerta que llevaba a la azotea del edificio, al final de una escalera de caracol. La puerta no estaba totalmente cerrada y daba acceso a ese lugar con luz. Subió con cuidado y al abrir la puerta se encontró con la inmensidad de aquella luna de septiembre.

Su respiración fue normalizándose poco a poco; sentada en la tapa del retrete intentó recordar como llegó ahí. Presionó el apagador del baño pero el foco no entregó ninguna luz; no había notado la falla eléctrica hasta ese momento. Se levantó y fue directo al cuarto donde después de buscar en varios cajones encontró tres velas a la mitad. La segunda hazaña fue encontrar los cerillos. Encendió una de ellas y la colocó en un candelero de latón empotrado en la pared. Prendió la segunda con el fuego de la primera y atravesó el cuarto hasta la pared contraria donde puso la vela en otro candelero igual. La tercera vela la llevó consigo en la mano hacia el baño. Por un momento se quedó en el umbral de la puerta observando ese cuarto iluminado con la luz de las velas, en un estado hipnótico, solo unos segundos. Entró al baño y cerró la puerta.

La luna acariciaba las calles. Algunas azoteas parecían el terreno perfecto de exploración y descubrimiento; su común factor eran los tinacos de asbesto. Él observaba con detenimiento el vecindario, sentía todo la calma del viento por su cuerpo; le contaba historias que no imaginaba y su estado consciente parecía alterarse a cada sensación percibida. La noche se derramaba sobre sus hombros, dejando de la duda poco. Alrededor de él la maraña de tendederos sin ropa era la constante y un pequeño cuarto de azotea el límite del lugar. De la ventana salía una luz débil nerviosa, que encontraba en su rostro la razón de su existir. Se acercó con cuidado y lentitud, apartando uno a uno los lazos de tendedero con movimiento estudiado, pero sin perder de vista su objetivo.

La vela sobre el piso alumbraba inconsistente las paredes de azulejo blanco amarillento del baño. Algunos mosaicos faltaban y el sarro se acumulaba en gran cantidad en el yeso que quedaba al descubierto. Sentada sobre un pequeño tapete en el suelo contemplaba sin mucha idea la flama que emergía de la cera. Sus ideas eran ahora confusas; la realidad era parámetro de indecisión. Esa tarde mientras comían, “eme” había comentado de lo frágil de la vida, que le parecía una forma inútil de expresión, que la propia sociedad era quien le daba un valor opulento y que sin embargo a nadie le importaba quién se muriera, en qué forma o en qué lugar. La ambición desmedida por vivir de las personas con las que interactuaba, excepto ella claro está, era el inicio de su condena y de su vida insulsa y desperdiciada. Pretenden buscar la absoluta felicidad detrás del volante de un automóvil de modelo reciente, o esperando ser reconocido de entre una multitud por la excelente apariencia de su ropa, que por supuesto debía estar de moda. “Su miedo es la muerte, ese umbral desconocido del que nadie deja testimonio, por eso se aferran a la vida de sobremanera, por eso creen que lo hermoso no puede estar muerto y que lo que pueden sentir sus manos y ver sus ojos es lo único real, y por consiguiente lo único que buscan con el pretexto de la felicidad, y de un absurdo humanismo cargado de irónico egoísmo”. Ella escuchó cada palabra que “eme” pronunció, no era la primera vez que el tema se compartía en la mesa. La gente no sabía percibir lo que “eme” intentaba explicar cuando hablaba de la muerte, y en general de otros tantos temas, pero este en específico y el imaginarse sintiendo su deceso lento en realidad le apasionaba. En ocasiones la frustración que le dejaba esta situación lo llevaba a la depresión o lo violentaba excesivamente. Muchas de sus creaciones quedaron en calidad de desperdicio después de alguna conversación en la que no encontraba algún elemento de perturbación en el otro; incluso lo creía como indiferencia u omisión del interlocutor. Ella lo entendía bien, al menos eso creía “eme”.

jueves, marzo 18, 2010

Eme (segunda parte)

Una cuadra antes de llegar a la tienda las luces de la ciudad se apagaron. Alguna falla en el suministro de energía eléctrica a causa de la lluvia dejó una parte de la ciudad en penumbras. A los cuarenta y dos años de vida y veintitrés de fumar aún podía recorrer distancias considerables caminando. El día de trabajo no causó tantos estragos físicos y su necesidad de nicotina era el impulso para continuar dejando huellas en la acera mojada. Al llegar a su destino descubrió que el lugar estaba cerrado ya. Pensó que quizá ya era muy tarde. Recordó que unas cinco cuadras más adelante se encontraba un pequeño café el cual frecuentaba hace algunos años, y que gozaba de la fama del café del insomnio por las altas horas de la noche en que aún permanecía abierto. Decidió que era una buena idea acudir por cigarrillos y tal vez un buen café.

“Eme” fue compañero y amigo; se puede decir que su único amigo. Se conocieron en la preparatoria hace siete años. Tomaban clase juntos y en muchas materias coincidían. “Eme” era huérfano de madre e hijo único, con una mente ágil e inquieta y llena de cuestionamientos que intentaba argumentar y llevar a la práctica. Los instantes en que ambos conversaban se volvían horas de debate intenso. La agudeza con que ella proponía la divergencia de conceptos comunes para el grueso de las personas daba pie a que “eme” presentara sus teorías más personales. La gente los veía con extrañeza pero era una situación a la que ya estaban acostumbrados. La universidad los separó en espacio, no así en tiempo. Ella decidió aprender de la antropología social; “eme”, por el contrario, tomó el camino de la pintura. Ambos acudían al otro frecuentemente en cualquier situación y complementaban su círculo hermético. Ella encontraba en “eme” los mundos que paralelamente creaba para ausentarse de la inercia de su vida cotidiana con su madre y su hermano todo el tiempo en casa. “Eme” vivía solo en un cuarto de azotea, en un edificio viejo que servía de estudio para sus momentos creativos.

El viento había despejado el cielo; las estrellas una a una formaban figuras constantes y familiares, incluso para aquel que no conociera las constelaciones. El ambiente gélido permitía el uso de abrigos, suéteres y bufandas. Era una noche como pocas veces se aprecia en la ciudad. El café estaba iluminado por velas; la falta de energía eléctrica había ahuyentado a la mayoría de los parroquianos. El ambiente musical era llenado por aquel saxofonista septuagenario que vio su auge en los años de las grandes orquestas: hoy dedicaba sus notas a la nostalgia de blues. Él ya no reconocía el lugar, a pesar de que no había cambiado mucho. Una de las mesas se encontraba ocupada por una pareja joven inconsciente del tiempo a causa de su amena conversación. En la otra mesa se postraba la figura de un hombre de edad avanzada que se empapaba de melancolía a cada acorde con el dolor de los años, intentando apagarla en cada bocanada de humo. Al fondo del lugar se encontraba Pedro, amo y señor de la barra, y dueño de aquel refugio de almas desde hace quince años. Él identificaba perfectamente a Pedro, pero nunca tuvo inquietud para conversar o conocerlo más a fondo. Se sentó en una mesa y detrás de la barra recibió un saludo con gesto de sorpresa y gusto. Pedro se acercó a la mesa para ofrecer algo advirtiendo de antemano que sólo podría ofrecer un americano pues su máquina de café al igual que su molino eran eléctricos. Él aceptó su ofrecimiento y añadió al pedido una cajetilla de cigarros. El ambiente propiciaba las sensaciones más intrínsecas que en él habitaban. Recordó entonces a su hijo, producto de su primer matrimonio. Hace poco más de un año que no lo veía, y de un encuentro anterior habían pasado más de tres. Tenía algunos años que había partido de casa y en su último encuentro no hablaron de algo trascendente. Ni siquiera recordó hablarle en su cumpleaños; no tenía la certeza de saber a qué dedicaba su vida o en dónde vivía ahora. Sus problemas maritales lo tenían absorto a las situaciones cotidianas de lucha de poderes desde hace cinco años; su segunda esposa era estéril y a pesar de los muchos intentos y visitas a tantos doctores, nunca pudieron concebir otro hijo. Los minutos pasaron lentos mientras la noche se escurría rápido.

Ella se encontraba sentada en el filo de la acera, en posición encogida, sosteniendo sus rodillas con las manos y observando un charco iluminado por la palidez de la luna. Imaginaba las horas próximas sin saber a ciencia cierta que sucedería. Las formas que se dibujaban en el agua se extinguían casi instantáneamente; después de todo la vida es tan frágil como la dependencia a “eme”, o las ondas que desaparecen en el agua. El insomnio se había apoderado de su cuerpo, no así la preocupación del día vivido o de sus fantasmas diurnos. La imagen rota que llegaba espontáneamente a su mente se había convertido en un placer oscuro de los últimos minutos. “Eme” podría decir que era su estado normal; los demás preguntarían por qué estás triste. A esas horas de la noche los pensamientos se convierten en la parte de la realidad correcta. El tiempo hacía mucho que había perdido importancia y ahora se dividía en ausencia y presencia de luz solar. La noche era gélida, pero a ella le parecía fresca y agradable con la penumbra en la que sólo cabía la duda.

Él intentaba persuadirse de sus errores; tal vez fue demasiado benevolente, incluso llegó a odiar su carácter tan suave. La última discusión que tuvo con su ahora ex-esposa  lo llevó a decir tantas cosas que fueron clavadas en el pecho. Las causas fueron lo menos impregnado, más por la cotidianeidad y constancia de los hechos que por el odio mutuo. Ayer por la tarde creía terminada la historia cuando firmó el último papel del divorcio, pero su cabeza no dejaba de dar vueltas a través de las tantas circunstancias a las que le llevaba ese año de separación. Sus pensamientos más oscuros y recónditos le golpeaban la conciencia y la nuca e intentaba contenerlos en un saco sin fondo. El saxofón dejó de hablar, lo que indicaba que era momento de cerrar. Eran las tres de la mañana y Pedro había tenido una semana un tanto ajetreada. Él pidió la cuenta que Pedro llevó casi inmediatamente. Liquidó su adeudo y se incorporó para nuevamente reconocer la calle, llevando consigo la carga de frustraciones. Caminó algunas cuadras cuando su atención se dirigió a una mujer inmóvil sentada en la guarnición de la acera. Parecía una alucinación que su mente había formado a causa de las noches en vela. Era una imagen casi divina que alumbraba la penumbra de su alrededor. Quedó quieto a pesar de querer recorrer los cincuenta metros que lo separaban de ella. Sólo pudo reaccionar ante el sutil movimiento de ella al ponerse de pie y tomar camino con sus pies livianos que parecían flotar sobre el suelo. Él siguió esa visión con distancia prudente y un trance profundo, indagando el destino de aquella mujer.

Ella se levantó sin prestar atención al entorno; sentía el aire recorrer su rostro, esa sensación intensa que tanto disfrutaba. Tanto tiempo de vagar resultaba el perfecto pretexto para acudir a ese cuarto de azotea. Tenía una copia de la llave que “eme” le dio sin titubear y que usó en más de una ocasión para reconocer su refugio. Su mente divagó y encontró la luz que entraba por la única ventana del lugar dirigida al poniente; la que entregaba aquellos colores bermejos otoñales que inundaban con especial calor su cuerpo desnudo, esa piel inocente, mientras “eme” la pintaba con ojo clínico y preciso. El tacto de “eme” nunca llegó a la piel de ella; sus caricias las otorgaban en las tantas conversaciones que se frecuentaban. En aquellas donde se despiertan los instintos más básicos o las formas más complicadas. “Eme” procuraba hacerle el amor constantemente. Su pincel emulaba su lengua, y el lienzo la piel de ella. La conocía hasta el último cabello y el último poro sin haber sentido su cuerpo. Ella extasiaba en el hecho y sus ojos perdían visión a cada pincelada; se sentía vulnerable e indefensa. Sus músculos se tensaban en cada carga de acuarela. El silencio se transformaba en común lenguaje en aquellas sesiones vespertinas, la catarsis se percibía en todo su esplendor. Al final, sin decir palabra, se vestía, iba al baño a orinar y salía por la puerta, apartando tendederos de ropa que encontraba por decenas en ese piso de azotea para ir a casa.

Él seguía con precisión los pasos que delimitaban un sendero lleno de incertidumbre. Imaginaba los pensamientos de ella y se preguntaba sí sabría que la perpetuaba en huellas. No podía explicar su acción, no tenía certeza de a dónde lo llevaba esa persona, pero lo impulsaba una fe ciega de descubrir los ojos de la mujer. De pronto sintió la sensación de haber visto en algún lugar esa espalda. Su mente intentaba reconstruir el momento, pero su memoria sufría los estragos de los años e inútilmente pudo ver la imagen del pasado. Perdió segundos valiosos y la concentración cuando ella dobló la esquina. Se apresuró entonces hacia el final de la calle para seguirla con la mirada. Ella ya no estaba. Solo la perdió un momento que fue suficiente para no encontrar su imagen sobre la calle húmeda. No encontró explicación del desvanecimiento de aquella deidad. No reaccionó y quedó inmóvil durante un instante, sin saber que hacer, hasta que una corriente de aire lo devolvió a la realidad haciéndole sentir un profundo escalofrío. Fue entonces cuando dio media vuelta rindiéndose a seguir buscándola.

martes, marzo 16, 2010

Eme (primera parte)

La historia de "Eme" fue inspiración que se perpetuó en letras. La publicación en este blog responde a esa necesidad de dar a conocer lo que un día me regaló la hermosa sonrisa transparente -tan ausente en estos días- y un pequeño homenaje a su destinatario original.
Pablo Sánchez

Era tarde ya. Las nubes anunciaban la tempestad que se aproximaba inevitablemente. Caminando por la calle, las personas apresuraban su paso con la inquietud de sentirse refugiadas, sin siquiera observar el ambiente hostil que les rodeaba. Las aves entonaban un estruendoso coro que parecía más un lamento; volando en parvadas dispares dibujaban bailes extraños. El reloj de la torre marcaba las siete veintitrés de la noche. Él se encontraba parado en la esquina de un semáforo, como esperando todo lo inevitable. Con su mano izquierda buscaba desesperadamente algo en el bolsillo del pantalón. Sacó de él una caja de cigarrillos y del otro bolsillo un encendedor. Tomó un cigarrillo y lo encendió; dio la primer bocanada, luego dos más. Recordó la canción que había escuchado al despertar a la hora que el radio-reloj había sido programado. Sintió tristeza, sintió miedo. Los acordes de Love cats y la voz delineada de Robert Smith dejaron muchos estragos a esas alturas que la noche, llena de alucinaciones oníricas. En un momento se advirtió exhausto, tomó un poco de aire, caminó unos veinte pasos y dispuso asiento en una pequeña banca bajo una marquesina techada con lámina de fibra de vidrio que haría de refugio por un momento, mientras las gotas iniciaban su descenso.

Ella caminaba sin rumbo, más bien solo vagaba sin querer llegar a un lugar específico, buscando un rastro perdido contaba sus pasos que cada vez eran menos frecuentes. Una gota cayó súbitamente sobre su frente, deslizándose lentamente por su rostro hasta llegar al pliegue de su labio superior, haciéndole sentir un escalofrío que recorrió toda su espalda. La gota se detuvo entre sus labios buscando algún refugio. Ella sacó la punta de la lengua y probó de esa agua, experimentando una sensación gélida que le causaba recordar el momento en que su vida había perdido sentido. Su ropa empezó a humedecerse, los pasos que se notaban ausentes ahora eran rápidos y precisos. Repentinamente se detuvo bajo la cornisa de un antiguo edificio para resguardarse de la lluvia.

Él observaba fijamente el cielo plagado de millones de gotas pequeñas que luchaban incesantemente contra el viento, aferrándose a no caer, a no encontrar su destino en alguna alcantarilla. La última bocanada de su tercer cigarrillo estaba dispersándose por el aire, mientras la colilla yacía empapada en el suelo junto a otras tantas y algunos restos de envolturas de plástico. Los autos no dejaban de andar, tampoco la lluvia, aunque ya había suavizado. Él miró de reojo el reloj de la torre. Cuarenta y tres minutos habían pasado. Se levantó con pesadez y poco ánimo, no quería llegar a su casa. “Tal vez no pueda llegar” pensó, mientras sus manos frotaban su rostro.

El edificio era muy hermoso y grande y dejaba entrever el interior. Ella se apresuró a observar con más detenimiento descubriendo sus dotes coloniales. “Probablemente vivan muchas familias aquí”, pensó. Los muros eran de piedra negra alisada de casi medio metro de grosor. Las ventanas eran amplias, casi como una puerta, y las del segundo y tercer nivel tenían un amplio balcón del que resaltaban las únicas formas de vida vegetal en pequeñas macetas con algunas plantas y flores, muchas ya marchitas por el otoño venidero. La puerta de roble se encontraba adornada por un vitral que ya denotaba años y mostraba a un extraño animal. Por la parte inferior de su cuerpo tenía unas patas enormes, unas alas y una cola, como las de un dragón; la parte superior mostraba un dorso parecido al de una cabra y su cabeza era como la de un león, con una mirada penetrante que emulaba observar a los visitantes o a los curiosos, avisando con un simple reflejo si podrían o no entrar. Ella sintió un poco de miedo y decidió caminar, pero para entonces no sabía que ruta tomar. La lluvia había casi desaparecido.

La luz de las casas alumbraba las calles, no así el alumbrado público. El cielo estaba tan despejado que parecía que esa tarde no había llovido. La luna presumía toda su claridad, su esplendor, su limpieza de forma y de color. Él buscó en su bolsa los cigarrillos descubriendo que no le quedaba ninguno, se detuvo un instante para buscar bien en todos sus bolsillos. Observó su reloj de pulso pero no prestó atención a la hora. Caminó hasta un crucero donde un mendigo alargaba la mano pidiéndole una moneda. Sacó de su bolsillo unas cuantas y estiró el brazo sin aligerar el paso. Cruzó la calle sin la inquietud de voltear a ver los autos. Se detuvo un momento y observó la calle vacía que coadyuvaba su soledad. “Mi segunda esposa posiblemente esté en ese momento vaciando hasta el último cajón del ropero”, pensó e hizo una pausa, “debería también llevarse mis frustraciones, especialmente las que ella provocó”. Sin mucha atención había llegado con pasos perezosos a dos cuadras del departamento que rentaba en el tercer piso de aquel viejo edificio céntrico al que llamaban “La casa de la quimera” por el enorme vitral en la puerta principal que delineaba a esa figura mítica. Decidió entonces comprar mas cigarrillos para librar las circunstancias y enfrentarse a sus fantasmas taciturnos. La tienda más cercana estaba a dos cuadras, caminó entonces mientras observaba que la luna era ahora el faro de la ciudad.

Desatinadamente intentaba recordar el teléfono de algún conocido. Se encontró de pronto parada frente a una caseta telefónica sin interlocutor. No podía decidir a quien llamar; la universidad era un lugar donde las sombras sin nombre ni apellido caminaban junto a ella e intentaban interactuar, pero que jamás había podido identificar alguna. De su familia ni que hablar, eran los individuos más impersonales que había conocido en sus veintitrés años de vida, casi tan volátiles como las demás personas. Los golpes de frustración que a su madre habían propiciado bastaron para atenuar la introspección del ánimo y la mente de ella; no podía justificar tanta sumisión. La reconstrucción de los hechos de su infancia generaba instantes de odio y perversión contra su padre; aquél que pasó los últimos años de su vida tendido en una cama, víctima de cáncer, en algún país sudamericano con su segunda familia. Su hermano, tres años mayor que ella, era la imagen viva del padre y consecuente heredero del sentimiento de odio. Su mente sólo recordaba un número del que ya no podrían contestar; no sabía en que momento su mitomanía se volvió realidad, cuando “eme” se volvió la víctima. El tiempo no parecía ayudarle mucho y tampoco le importaba. La lluvia había mojado totalmente el cabello que le escurría por la cara.

viernes, marzo 12, 2010

Le petit mort

La mirada endemoniada y perdida en el rostro cristalino, casi transparente, de Penélope, se incrustaba, traspasaba, hería y diluía la suave piel; blanca piel de tersa textura pálida y perfecta. Los ojos de Penélope no podían acariciar el rostro inmundo y sucio que le infringía la mezcla primitiva y terrible de su irrepetible amante, que en turno de esa noche se disponía con perversa bestialidad a coger con ella. Ni siquiera la había tocado: no con su tacto de callosas caricias ni con el fétido aliento que le dejaba un sabor nauseabundo en su agitado exhalar. Eran sus ojos, esos ojos encendidos que le habían desnudado completamente antes de soltar prenda, los que atravesaban su piel hasta llegar a sus entrañas, adentrándose en cada poro que destilaba miedo, y no el acostumbrado elixir previo de los amantes embriagados de pasión.

Una habitación sucia de hotel no era refugio, eso lo sabía bien, y esa noche en especial las cortinas percudidas, los resortes maltrechos del colchón, las sábanas inmundas y el olor a cloro del piso, la confinaban a ese espacio, a esa celda caótica por los próximos sesenta minutos. Sabía que tal vez sería menos tiempo, pero eso no le confortaba en absoluto. La paciencia no es la mejor virtud de una puta, se decía, pero qué más puedo hacer en este pinche mundo.

El estupor en la piel y los vellos que se erizaban le provocaban nauseas al sentir el primer roce de aquellas manos ajenas sobre la suavidad, casi celestial, de sus hombros. La sensación en la espina dorsal, rígida, abrupta, de áspero recorrido, era el preámbulo del mal presentimiento y sus ojos no podían más que cristalizarse en la profundidad de su tristeza. Sabía que esto pasaría tan pronto como él, con su ríspido apetito sexual, saciara sus ansias de primigenia emoción. Penélope rara vez añoraba a sus amantes, pero hoy en especial sentía necesario remembrar a alguno menos desagradable para salir del paso.

Tal como lo dedujo, en cuanto ella estuvo desnuda, el intempestivo sujeto se abalanzó sobre su cuerpo frágil y cansado, sin ningún dejo de delicadeza, a lo que ella reaccionó con un gesto amargo y  desagradable, que por reacción casi instantánea soltó una lágrima de su ojo izquierdo, que recorrió con su tibieza y salado sabor la mejilla. Su mente no podía fijar la atención en nada, solo pensaba en el odio y la repugnancia que le causaba la sensación de ese cuerpo sucio y sudoroso sobre su piel.. Él súbitamente se desplomó a un lado de la cama, exhausto e inmóvil, sin recuerdos en la mente, sin intención de marcharse y dejarla ensimismada en su miseria. Penélope sabía que todo había terminado, pero ella también había quedado inmóvil, agotada, triste y dispersa en la habitación. Era como si esa noche ella no hubiera estado ahí, como si perdiera un instante de vida y hubiera muerto. Como si ese amante la hubiera matado, llevándose con sigo su aliento, su cuerpo, su sexo, su nombre, sus ojos. En esa lágrima él se lo llevó; se llevó todo lo que fue sin permitir que regresara. Por un instante volteó a verle el rostro que parecía inmutable y paciente; escuchó incluso su respiración lenta y arrítmica que le parecía repulsiva y aterradora. Lo vio, y se prometió recordar ese rostro siempre. Pensaba que sería la última vez que vería la cara del hombre que la mató una noche, mientras empuñaba la afilada lima de uñas hacia el cuello de su amante.