lunes, noviembre 30, 2009

Sin respuesta

... y para qué hablar de tristeza entonces, si solo sabíamos hacernos daño. Era expectante sentir el filo de las palabras que enervaban los huesos y dejaban exhausto a cualquiera de los dos, a ambos y a ninguno. Hablar de perdón era instintivo, pero no tan honesto como se pretendía entendiera el otro. Era tan simple decir las palabras amables y nosotros nos encargábamos de barnizarlas de acidez. Y, sin embargo, ahí estábamos sentados aniquilando todas las formas posibles de cortesía y diplomacia. Sí, así eran entonces las cosas. Un día de aquellos en que la vida se escapaba menguando en cada respiración, cada suspiro, cada gota fría de sudor en la frente, decidiste irte lejos para nunca volver, a un lugar a donde no te podría alcanzar -no por ahora-, donde las horas se mimetizaban con lo inerte del frío del hormigón y las flores que marchitan hasta el ánimo. Tal vez lo lograste y ahora solo puedo hablar de tristeza sin tu respuesta...

sábado, noviembre 21, 2009

Hay días en que ni siquiera escribir funciona. Días fúnebres sin que las letras puedan tomar un cause distinto...

martes, noviembre 17, 2009

Paréntesis

(Hoy sólo quiero escribir un paréntesis entre estas líneas para decir que la tristeza ha alcanzado estos lares; silencioso, inocuo, ambivalente, incisivo, desafiante, estridente, dislocante, apremiante, permisible, descontextualizante, abrumante... Así llega, a abrazarme sin aviso... Tristeza, llana tristeza... y aquí las horas dejan sus estragos...)

martes, noviembre 10, 2009

Palabras de martes

En definitiva el frío de estos días me ha encuartelado un poco, a pesar de que bien podría escribirse una historia. Pero no; hoy solo tengo algunas ideas dispersas que no llegan al papel como acostumbran ordenarse sintéticamente. Hoy prefiero ver que el cursor incesantemente parpadeante se mantenga entretenido en mi pantalla. Es mejor, por hoy, dejar libres las letras y no someterlas al castigo del cuento y prescindir del orden narrativo que les daría ese y solamente ese fin. Tal vez sean solo fallidas sinapsis desmembrándose en la telaraña neuronal o quizá he llegado al punto de hartazgo que puede dejar el absurdo abuso y pretensión de dar continuidad a lo que en un cuadernito se escribió hace algunos años, pero hoy mis manos se presumen autónomas y no dejan mucho espacio para el razonamiento estructurado. Simplemente se conducen sobre el teclado como si quisieran que todo lo que había en la hoja (¿pantalla?) se descubra, cual velo invisible para descifrar lo que ya estaba escrito, siendo artífices de tal complicidad, revelando que a su paso ininteligible se muestren letras formando palabras y éstas a su vez construyendo las frases del párrafo. Hace tanto que no se escribía sobre esto y de esta forma que hasta los dedos se habían desacostumbrado. Quizá no es tanto el frío, sino la falta del uso libre de la plena divagación y que, sin embargo, no lleva a mucho -al menos al lector- convirtiéndose entonces en intrínseca terapia del egoísta escritor.

Se siente bien. A pesar de las culpas, se siente bien. Casi como si el tiempo no hubiera pasado y los años se revivieran en un ciclo perverso y perpetuo. Casi como si el momento de reflexión se hubiera prolongado después del bypass de los meses -quizás años, ya no sé-, que dan un supuesto respiro, pero que ahora solo recurren a las imágenes abstractas de una infiel memoria. Basta entonces que me proponga disfrazar algunas letras para que no se asome toda la verdad. Quizá en algunos años el ejercicio terapéutico ya no funcione igual -palabras más, palabras menos, pareciera que se cumple esa suposición- y entonces solo quedarán reflejos vacíos en el espejo blanco. Seguramente esto resulta inesperado e insultante, incluso perverso, debido a que quien pudiera interpretar las palabras será quien conozca un poco más de mí, más allá de las letras de un blog, pero tampoco importa mucho, ya que, por ahora, conozco las situaciones indefectibles y sé de su proximidad.

Algunas palabras para la noche de un día de marte, que seguramente no dejarán ninguna huella perpetua ni marca en el cuello. Simplemente dejarán al escritor con menos jaqueca...

jueves, noviembre 05, 2009

Apología

El cuarto de un sucio motel era el lugar más extraño al que pudiera haber ido esa noche. Las paredes con manchas de humedad se teñían de un color verdoso que parecían pintadas con aceitunas machacadas. Los vecinos de cuarto no disimulaban su hambre de piel y emitían alaridos que se confundían entre el placer y el dolor. Al fin, mi cuerpo se deshebraba fibra a fibra sobre la cama amohinada y llena de imperfecciones, pero el cansancio del mismo era tanto que no importaban tales contrariedades. El sueño no apareció. Los gritos de la mujer que con voraz concupiscencia gemía al otro lado del muro dispersaban mis ideas llevando mi mente a divagaciones poco oníricas. El whisky malo que me había regalado Amanda no provocaba el efecto adormecedor que prometía una bebida de tan mala calidad, y creo que tampoco cumplía el propósito de matarme. De madrugada, con el frío del desierto, decidí salir del cuarto para distraer mis ansias y dar tiempo a que los amantes dejaran sus juegos sexuales. El viento gélido del desierto cala tan fuerte que es imposible no encogerse de hombros, y mi reflejo inmediato fue encender un cigarrillo. A kilómetros, hacia donde me dirigía, no se veía ninguna luz; nada que pudiera dar rastros de vida. Solo el suave silbido del aire cruzando incesantemente, desgarrándome las mejillas y revolviendo la arena a su paso. Es extraña esa sensación: la de sentirse absurdamente solo y, al mismo tiempo. rodeado por la inmensidad de la arena. Luego de dos cigarros y de sentir mis manos entumecidas por el frío, la puerta del cuarto contiguo se abrió y de ella salió una pareja joven, de unos 20 años ella y él de 22, que se apresuraban a su auto a toda prisa para evitar ser vistos. La ciudad no estaba lejos, hacia el lado contrario a donde yo me dirigía, pero estaba detrás de una loma a unos 20 kilómetros de distancia que no permitía verla desde el valle.

Al entrar nuevamente a la habitación noté que ésta me pareció extrañamente cálida y acogedora. No reparé en fijarme  en las paredes verdes escurridas ni en la deformidad del colchón y me dirigí otra vez a acostarme sobre él. Mis ojos miraban el techo, que tenía vigas engrasadas, como sostén de la loza, pero en realidad no notaba mucho sus detalles. Más bien recordaba a Amanda y me perturbaba el hecho de que quizá ahora quisiera verme muerto. Muchas veces le pregunté cuál era el motivo de su enojo constante y ella contestaba con un gesto casi indiferente que no quería estar al lado de un fracasado. Por eso preferí alejarme de ella. Un hombre viejo, con todos los años encima y la vida desgastada no podría ofrecerle mucho a tan jovial y seductora mujer. Tomé camino hacia el norte en el viejo auto que me dejó mi padre de herencia y que había visto sus mejores años de gloria hace algunos ayeres, y decidí huir de su lado.

Hace tres meses que viajo sin rumbo y no sé nada de mi vida pasada. Tal vez Amanda ya está casada con otro hombre; alguno que cumpla todos sus caprichos y soporte sus indecisiones. No me importa mucho eso. Aprendí a vivir sin ella desde hace algunos años, pero me disgusta su indiferencia, tanto como para quitarme el sueño. Encuentro en la mesita del cuarto un periódico de hace tres días y concluyo que lo mejor para mi insomnio es leer un poco. Es un periódico sensacionalista de nota roja pero de circulación nacional. No gusto mucho de leer ese tipo de periódicos, pero al no haber otra alternativa empiezo a verlo. Las noticias del ámbito nacional que parecen escritas por alguien con mucho rencor y algunas notas deportivas. Al hojear las páginas centrales, en donde generalmente se encuentra la nota policiaca, leo en el cuerpo del artículo: "Amanda García y el empresario Alfonso Rivera mueren en aparatoso accidente aéreo mientras viajaban rumbo a su luna de miel."